Historias de la puerta
—¡Qué sorpresa más agradable!
—¿Acaso estoy molestando?
—No, al contrario, me apetece tener compañía ahora. María tampoco está.
—Te había dicho que iba a pasar.
Se sentó en el salón y me precipité a traer un dulce y preparar café. Cuando el lunes me lo encontré en el mercadillo, tardé en reconocerlo; había cambiado totalmente. Tampoco él me reconoció de inmediato. Durante tres años fuimos compañeros de clase en la secundaria; nos sentábamos en pupitres vecinos. Después fue a formación profesional. Y ahora de su rostro sólo quedaba aquella chispa en los ojos y la sonrisa «traviesa», como yo decía entonces.
No oculté mi alegría. No ocurre con frecuencia volver a tener, de repente,doce años; aunque solo sea por un rato. Lo que dura un encuentro en la esquina de una calle un lunes cualquiera de todos los lunes del año.
Él tenía prisa y le invité a pasar por casa.
—¿Cuándo? —me preguntó.
—Cuando quieras —le respondí— las puertas de mi casa están abiertas para ti.
—¿Cuándo? — volvió a preguntarme.
—Todas las tardes, después de las siete, estoy en casa.
—Vale, iré.
Vino dos días después.
Se produjo un momento incómodo. Le pregunté por su mujer, Déspina, y sus hijos. Me respondía de modo cortante dándome la información que pedía, sin darme pie a seguir la conversación. Déspina, que era maestra, trabajaba en un pueblo cercano; iba y venía. Estaba bien. Sus hijos estudiaban, ellos también se encontraban bien.
Dirigí la conversación a nuestra infancia, a las excursiones y a las bromas que nos gastábamos.
Sonreía de manera contenida.
—Sí, sí —decía— buenas épocas, nos lo pasábamos genial.
Hablé incluso de la mili, le conté en tono melodramático mi vida posterior; de escuela en escuela, adversidades, peripecias en pueblos de montaña y el anhelado traslado dieciocho años después a la tierra patria, pero sin lograr que se abriera. Asentía moviendo la cabeza:«Sí, entiendo, situaciones difíciles, igual que Déspina». Se me hizo un nudo en el estómago. En algún momento me cansé y me callé. Cogí
la taza de café y bebí tranquilamente, sin hablar. Se hizo un silencio. Solo se oían los coches desde la calle y la tele del vecino anciano, que la pone siempre muy alta.
—Ya va siendo hora de marcharme —dijo y se levantó. Tengo que pasar por la casa de mi madre por si necesita algo.
Nos paramos a la entrada y nos despedimos. Lo miré directamente a los ojos. «¿A qué se debe esta visita?», me pregunté. Él también me miró. Fue a decir algo y su voz se rompió en un sollozo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Estoy enfermo —me dice— me han dado seis meses de vida.
—¿Acaso estoy molestando?
—No, al contrario, me apetece tener compañía ahora. María tampoco está.
—Te había dicho que iba a pasar.
Se sentó en el salón y me precipité a traer un dulce y preparar café. Cuando el lunes me lo encontré en el mercadillo, tardé en reconocerlo; había cambiado totalmente. Tampoco él me reconoció de inmediato. Durante tres años fuimos compañeros de clase en la secundaria; nos sentábamos en pupitres vecinos. Después fue a formación profesional. Y ahora de su rostro sólo quedaba aquella chispa en los ojos y la sonrisa «traviesa», como yo decía entonces.
No oculté mi alegría. No ocurre con frecuencia volver a tener, de repente,doce años; aunque solo sea por un rato. Lo que dura un encuentro en la esquina de una calle un lunes cualquiera de todos los lunes del año.
—¿Cuándo? —me preguntó.
—Cuando quieras —le respondí— las puertas de mi casa están abiertas para ti.
—¿Cuándo? — volvió a preguntarme.
—Todas las tardes, después de las siete, estoy en casa.
—Vale, iré.
Vino dos días después.
Se produjo un momento incómodo. Le pregunté por su mujer, Déspina, y sus hijos. Me respondía de modo cortante dándome la información que pedía, sin darme pie a seguir la conversación. Déspina, que era maestra, trabajaba en un pueblo cercano; iba y venía. Estaba bien. Sus hijos estudiaban, ellos también se encontraban bien.
—Sí, sí —decía— buenas épocas, nos lo pasábamos genial.
Hablé incluso de la mili, le conté en tono melodramático mi vida posterior; de escuela en escuela, adversidades, peripecias en pueblos de montaña y el anhelado traslado dieciocho años después a la tierra patria, pero sin lograr que se abriera. Asentía moviendo la cabeza:«Sí, entiendo, situaciones difíciles, igual que Déspina». Se me hizo un nudo en el estómago. En algún momento me cansé y me callé. Cogí
—Ya va siendo hora de marcharme —dijo y se levantó. Tengo que pasar por la casa de mi madre por si necesita algo.
Nos paramos a la entrada y nos despedimos. Lo miré directamente a los ojos. «¿A qué se debe esta visita?», me pregunté. Él también me miró. Fue a decir algo y su voz se rompió en un sollozo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Estoy enfermo —me dice— me han dado seis meses de vida.
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